Visitamos el Anthem of the Seas (y II)

Hoy continuamos y terminamos el post anterior con la descripción de nuestra visita al Anthem of the Seas, el nuevo barco de Royal Caribbean, aprovechando que hizo escala en España durante su viaje inaugural. Habíamos quedado en uno de sus rincones más espectaculares, el SeaPlex.

Anthem of the Seas de Royal Caribbean

Anthem of the Seas: visítalo con nosotros

El SeaPlex es una gran pista multiusos que lo mismo sirve para jugar algún partido de baloncesto que para entretenerse con los coches de choque o patinar. En los alrededores y pisos superiores, abiertos también a este espacio, hay estaciones para videojuegos: X-Box, simuladores de conducción y otros recreativos similares.

De nuevo salimos fuera, a babor, donde una figura gigante en forma de jirafa con flotador indica que estamos en el rocódromo, por supuesto, el material de escalada se facilita allí mismo. Es el paso previo a la zona estrella del buque, la que acoge al Flowrider y al RipCord Fly. El primero consiste en una fantástica piscina de olas para practicar surf que tiene gran demanda incluso cuando el tiempo no acompaña, como es el caso.

El segundo es un simulador de paracaidismo en el que, ataviado con mono y casco, experimentas la sensación de flotar en el aire gracias a los chorros a presión que soplan desde la rejilla del suelo. Se lleva a cabo dentro de una campana protectora de cristal y resulta más que apetecible; al menos desde fuera y viendo a los monitores moverse como si fueran el mismísimo Spiderman.

Pero si hablamos de una estrella en el Anthem of the Seas, la más brillante es la North Star -y no sólo por el nombre-, que identifica a la clase Quantum. Es una cápsula acristalada a la que un brazo grúa eleva más de 90 metros sobre el nivel del mar, proporcionando unas panorámicas espléndidas. Y si piensas que conseguir turno en alguna de estas actividades es difícil, comprobarás que no; el buque es tan grande que la gente reparte sus intereses.

Ruleta, robots, espectáculos y restaurantes

En las entrañas del navío Anthem of the Seas hay otro lugar que resulta seductor y chic: la Royal Esplanade, un auténtico bulevar con tiendas, joyerías, boutiques, galerías de arte… Llegamos ahí tras pasar por el Casino Royale, donde al lado de mundanas tragaperras hay glamourosas mesas de ruleta y otros juegos de azar tapizadas en color rojo, y después de parar un rato para ver en acción a los alucinantes e hipnóticos robots camareros del Bionic Bar; pides tu bebida y te la sirven unos brazos mecánicos.

Al final de esa zona se encuentra el Royal Theatre; ahora, su graderío de 1.300 butacas esta vacío pero promete lleno por la noche y para eso están los actores ensayando sobre el escenario, ante la atenta mirada del director. También estaban practicando los chicos de la la Two70º, una sala que combina café con actuaciones en vivo y en la que aprovechamos para tomar un descanso gracias a sus mullidos sillones. Su sistema Vistarama transforma los amplios ventanales en una enorme pantalla de 30 x 6 metros combinable con otros 6 monitores independientes.

A los lados de la Royal Esplanade, en una planta superior, se hallan los restaurantes, que atienden al concepto Dynamic Dining de Royal Caribbean. Son varios y diversos: Izumi (japonés), Grande (gastronomía como ritual), Sorrento (italiano), Wonderland (cocina de autor), Chic (alta cocina)… Descubrimos que la clase Quantum incorpora la colaboración del célebre chef Jamie Oliver; apunte divertido: a la entrada de éste puede leer la carta… en una pantalla digital.

¿Adiós al Anthem os the Seas o hasta la próxima?

A esas alturas llevamos tres horas y media de recorrido por salas, pasillos enmoquetados, escaleras, obras de arte… Se acerca el final. Pero antes nos agasajan en el Windjammer, invitados a almorzar en un gran comedor de buffet con todo tipo de platos y para acceder al cual hay que lavarse las manos en unos lavabos de la entrada. Una forma de extremar precauciones sanitarias. Luego, a comer sin restricción alguna.

Desembarco y aún me quedo un rato en las inmediaciones, subyugado por la nave, observando el curioso sistema para evitar el roce del casco con la piedra del muelle (unos topes que sustituyen a los clásicos neumáticos de las embarcaciones pequeñas), las gruesas maromas que lo mantienen atado a los norays, los varios tipos de botes salvavidas pintados de amarillo para facilitar su búsqueda y la North Star, ahora en apogeo, plenamente desplegada aprovechando para sus usuarios que el sol ha logrado imponerse a las nubes.

También intento buscar ángulo suficiente para retratar el navío entero. No lo consigo: sus 350 metros de eslora me obligan a coger el coche y alejarme medio kilómetro. Será una última mirada al Anthem of the Seas, el segundo barco de cruceros más grande del mundo.